Derechos animales. Una cuestión de justicia.

Discriminar a unos seres solo en virtud de su especie es una forma de prejuicio tan inmoral e indefendible como lo es la discriminación basada en la raza.

Peter Singer. Liberación animal.

Que vivimos en una sociedad antropocéntrica, donde el bienestar del ser humano prevalece sobre cualquier forma de vida, es tan indiscutible a estas alturas como que los animales son seres sensibles dotados de emociones, capacidad de amar y sufrir. Negar igualmente que hubo épocas pasadas donde la caza y después la ganadería fueron necesarias para la supervivencia y el desarrollo de la especie humana también sería cerrar los ojos a la evidencia.

Evolución social, evolución moral.
Eran mujeres y hombres justos quienes se alimentaban de la caza y quienes pastoreaban sus rebaños. Pero entonces el avance tecnológico, la llegada de la cultura de la eficiencia, y las necesidades alimentarias  de la superpoblación empezaron a recrudecer las condiciones de vida de los animales que Homo Sapiens utilizaba en su propio beneficio. Llegó la ganadería intensiva y con ella la semilibertad que ofrecían los pastos se tornó en la cruel esclavitud del hacinamiento en establos y jaulas cada vez más pequeños, el maltrato como procedimiento, y la muerte en cadena. Comenzó el horror para aquellas especies nacidas con la maldición de ser consideradas aprovechables por el ser humano.  Su estatus pasó de seres vivos, a mercancías y de mercancías a productos.

Nada tiene que ver nuestro contexto actual con aquel donde la supervivencia de toda una tribu dependía del éxito de una partida de caza. Nada tienen que ver tampoco el respeto y veneración que aquellos primeros humanos profesaban a su alimento con la denigración física y emocional a las que sometemos actualmente a las especies agropecuarias. Convertidos en un producto de la industria alimentaria hemos cosificado a los animales, que pasan a ser una mercadería más que hay que explotar, almacenar y transportar de manera eficiente, y al menor coste posible.

Ni esclavitud ni tortura
Sin duda la manera más rápida y sencilla de acabar con el sufrimiento que los humanos ocasionamos a otras especies sería avanzar hacia el veganismo (la filosofía que evita el uso y consumo de cualquier producto de origen animal). Como cualquier otra lucha en el camino de la igualdad, la justicia social y las libertades, la de los derechos animales también está avocada a un triunfo histórico.

Es solo cuestión de tiempo que la esclavitud animal sea percibida de un modo tan denigrante e inhumana como la fue la esclavitud por motivos raciales o tan injusta y absurda como la negación de la igualdad de derechos a las mujeres.

A pesar de esto a día de hoy el veganismo es una solución tan altamente impopular a nivel colectivo que ni siquiera los partidos políticos animalistas se atreven a proponerla como alternativa en su programa electoral. No es de extrañar por tanto que los éxitos de este movimiento estén llegando más por la vía del cambio de hábitos de consumo y de la acción directa, que por la vía política.

Bienestar humano VS bienestar animal
Cuando pesamos en la balanza el bienestar humano en contraposición con los derechos animales seríamos mucho más justos si distinguiésemos entre necesidad y capricho. Actualmente vestir una piel de zorro, unos zapatos de cocodrilo, o un abrigo de visón es un capricho. Participar en una cacería o divertirse con la pesca deportiva es un capricho. Lidiar, banderillear y matar un toro en una plaza, además de cruel, es un capricho. Degustar un bebe cordero, un lechón, o un ternero de poco más de seis meses de edad, porque su carne es más jugosa que la de un ejemplar adulto  es un capricho.

Está claro que el movimiento animalista debe dar la lucha para prohibir todo tipo de actividades recreacionales que causan sufrimiento a los animales como las corridas de toros y la caza. Pero no debe dejar que esas banderas tan visibles eclipsen el gran tema de fondo, las condiciones de los animales en la industria alimentaria. Conseguir desterrar el espectáculo taurino de la cultura española del siglo XXI puede ser un magnífico primer paso, pero se convertiría en un brindis al sol si paralelamente no combatimos con al menos la misma energía la mayor injusticia de nuestro tiempo: el maltrato y la esclavitud sistemática a las especies industrializadas.

El verdadero animalismo es políticamente incorrecto
En temas como los casos aislados de tortura y maltrato animal, abandono, o la adopción como sustitución a la compra de mascotas  parece existir consenso. Aunque a pesar de ello, la voluntad y los medios públicos son escasos. Pero cuando se trata de abordar el tema del uso de animales con fines de investigación, la polémica está servida y es donde la sociedad se vuelve más especista. Porque aquí la tortura como efecto colateral y la privación de libertad sirven a un fin más elevado. Y si es cierto que existen métodos alternativos de experimentación, algunos requieren de financiación extra, otros aún no han sido desarrollados y otros a priori no son tan efectivos. Financiar estos sistemas alternativos es una prioridad más para el movimiento animalista.

Otra cuestión donde la sociedad también se vuelve altamente especista es en el adiestramiento de animales para tareas de detección, servicios públicos, protección privada y apoyo a personas con discapacidad. O fines menos filántropos como concursos, deportes, espectáculos o protección privada. Este, es un melón cuanto menos delicado de partir ya que la situación de vulnerabilidad se da en ambas extremos de la correa. Por un lado una persona invidente, un niño cuya mejora terapéutica y movilidad dependen de su abnegada mascota, o la víctima de un terremoto que es localizada y rescatada gracias a un héroe de cuatro patas. Del otro lado de la correa un animal sometido, con su voluntad doblegada fruto de un duro entrenamiento, obligado a una vida que no ha escogido -muchas veces contraria a su naturaleza-, y con un dueño que puede ser una maravillosa persona… o no tanto.

Los derechos animales como extensión de los derechos humanos
Qué duda cabe que si las miríadas de animales esclavizados, encerrados y maltratados tuviesen la capacidad de organizarse, hace mucho que ya habríamos vivido una gran revolución animal al más puro estilo de la que Espartaco lideró contra los romanos. Alzados por el derecho a una vida digna, libre y sin sufrimiento. El problema es que los animales no tienen voz que levantar contra el abuso y es por eso que como sociedad tenemos la obligación de representar su bienestar y defender sus derechos. La obligación de ser la voz de los sin voz.

Está claro que no podemos pedir esa sensibilidad a quienes se muestran incluso indiferentes a la tragedia de los seres humanos que se ahogan en alta mar en busca de un futuro mejor. Ni de aquellos para los que el cumplimiento de los derechos humanos en cualquier parte del globo es tan solo un tema secundario. Lamentablemente la historia nos demuestra que la sensibilidad social no es patrimonio de todos. Pero para los que sí lo es, el mensaje debe ser claro: no es posible concebir una defensa integral de los derechos humanos sin tener además en cuenta los derechos animales. Una persona concienciada y sensible no puede ser indiferente al sufrimiento animal, ni siquiera en su propio beneficio. Si te preocupan los derechos humanos esta también es tu causa. Abre los ojos al sufrimiento animal, porque tú también eres animalista.

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